Existe una regla no escrita que se ha infiltrado en nuestras vidas con la fuerza de una marea: la necesidad de tener una opinión sobre todo.
Basta con abrir los ojos cada mañana, encender el teléfono y entrar en el flujo de información, para sentir el peso de una obligación que nadie nos pidió, pero que hemos asumido como propia.
Debemos tener una postura sobre la última noticia geopolítica, sobre el drama social de moda, sobre las decisiones que toma un desconocido al otro lado del océano, sobre los conflictos que polarizan nuestra comunidad.
