Hay una trampa moderna que casi nadie cuestiona porque parece positiva.
Nos han convencido de que siempre podemos ser mejores.
Más disciplinados.
Más productivos.
Más conscientes.
Más fuertes.
Más equilibrados.
Más despiertos.
Siempre hay una versión superior esperándote.
Y suena bien.
De hecho, durante mucho tiempo suena inspirador.
El problema es que nadie te advierte del desgaste que implica vivir persiguiéndote a ti mismo.
Hubo una etapa en mi vida en la que todo giraba en torno a mejorar.
Leer más.
Entrenar mejor.
Optimizar el tiempo.
Comer más limpio.
Pensar más positivo.
Gestionar mejor las emociones.
Siempre había algo que pulir.
Y, en parte, eso me ayudó.
No lo niego.
Me dio estructura.
Me dio dirección.
Me dio sensación de avance.
Pero también me instaló en una idea peligrosa:
que la versión actual de mí nunca era suficiente.
El crecimiento personal puede ser una herramienta.
Pero también puede convertirse en una carrera interminable.
Porque cuando mejoras algo, aparece otra cosa que mejorar.
Cuando alcanzas un nivel, surge otro.
Cuando corriges un hábito, detectas otro defecto.
Cuando alcanzas cierta calma, te preguntas por qué no es aún más profunda.
Y así, sin darte cuenta, conviertes tu vida en un proyecto permanente de optimización.
No vives.
Te gestionas.
Hay algo agotador en estar siempre analizándote.
Siempre preguntándote si podrías haberlo hecho mejor.
Si podrías haber respondido distinto.
Si podrías haber sido más consciente.
El desarrollo personal mal entendido te coloca en una vigilancia constante.
Te convierte en tu propio supervisor.
Y eso, a largo plazo, cansa.
Mucho.
Porque no descansas nunca.
Ni siquiera cuando estás bien.
Estás en paz…
pero podrías estar más en paz.
Estás en forma…
pero podrías estar más fuerte.
Estás centrado…
pero podrías meditar más.
Es una carrera donde la meta se mueve constantemente.
Llega un momento en el que te haces una pregunta incómoda:
¿Estoy creciendo… o estoy huyendo?.
Porque a veces mejorar no es evolución.
Es evasión.
Evasión de la incomodidad de aceptarte tal y como eres hoy.
Nos cuesta muchísimo aceptar que quizá no necesitamos optimizarnos todo el tiempo.
Que tal vez esta versión —con sus contradicciones, sus fallos y su humanidad— ya es válida.
Hay una presión silenciosa en esta época:
Si no estás creciendo, estás estancado.
Y no es verdad.
Hay etapas para expandirse.
Y hay etapas para consolidar.
Hay momentos de transformación.
Y hay momentos de integración.
No todo es avanzar.
A veces toca habitar.
Perseguir tu mejor versión puede convertirse en una forma sofisticada de autoexigencia.
Porque nunca te permites estar donde estás sin condiciones.
Siempre hay un “pero”.
Estoy bien, pero debería…
Estoy tranquilo, pero aún me falta…
Estoy satisfecho, pero no es suficiente…
Y ese “pero” constante te roba algo muy simple:
la posibilidad de sentir plenitud en el presente.
Hay algo profundamente liberador en decir:
Hoy no quiero mejorar nada.
Hoy quiero estar.
Sin metas internas.
Sin análisis.
Sin optimización.
Solo vivir.
Pero decir eso cuesta.
Porque parece mediocridad.
Parece conformismo.
Parece rendición.
Y no lo es.
Es descanso.
No estoy en contra del crecimiento.
Estoy en contra de la obsesión.
Estoy en contra de convertir cada aspecto de tu vida en algo que debe ser mejorado.
No todo necesita ser convertido en proyecto.
Hay partes de ti que solo necesitan ser aceptadas.
Durante mucho tiempo confundí disciplina con valor personal.
Si entrenaba, me sentía mejor conmigo.
Si era productivo, me sentía válido.
Si cumplía objetivos, me sentía fuerte.
Y cuando no lo hacía…
me juzgaba.
No duramente, pero sí sutilmente.
Como si hubiera fallado a una versión ideal que debía alcanzar.
Eso no es crecimiento sano.
Eso es autoexigencia disfrazada de superación.
Hay una diferencia enorme entre crecer desde el amor y crecer desde la carencia.
Crecer desde el amor es expandirte porque te apetece.
Porque sientes curiosidad.
Porque disfrutas del proceso.
Crecer desde la carencia es intentar arreglarte constantemente.
Intentar ser suficiente.
Intentar alcanzar un estándar invisible que nunca termina de definirse.
Y eso desgasta.
Un día entendí algo que me cambió la perspectiva:
La mejor versión de ti no es un destino.
Es una consecuencia.
No aparece cuando la persigues obsesivamente.
Aparece cuando dejas de pelearte contigo.
Cuando te aceptas en tus ritmos.
Cuando respetas tus ciclos.
Cuando no te exiges evolucionar a la velocidad de otros.
Quizá no necesitas otro libro de hábitos.
Quizá no necesitas otra rutina perfecta.
Quizá no necesitas levantarte más temprano.
Quizá necesitas dormir tranquilo sin sentir que estás desaprovechando tu potencial.
Eso también es madurez.
Hay una tranquilidad enorme en dejar de optimizarte constantemente.
En permitirte días normales.
En aceptar que no siempre estás inspirado.
En reconocer que no todo en tu vida tiene que ser extraordinario.
La grandeza también puede estar en lo ordinario.
Dejar de perseguir tu mejor versión no significa rendirte.
Significa confiar en que, si vives con honestidad, evolucionarás de forma natural.
Sin presión constante.
Sin comparación permanente.
Sin exigencia invisible.
Significa entender que no eres un proyecto inacabado.
Eres una persona.
Y las personas no están diseñadas para estar en mejora continua sin descanso.
Están diseñadas para vivir.
Para equivocarse.
Para disfrutar.
Para repetir errores.
Para aprender sin obsesión.
Tal vez el verdadero crecimiento no sea añadir más capas.
Tal vez sea quitar.
Quitar exigencia.
Quitar presión.
Quitar la necesidad de demostrarte algo constantemente.
Y quedarte con lo esencial.
Si te reconoces en esta carrera silenciosa hacia tu mejor versión, no te culpes.
Es normal.
Vivimos rodeados de mensajes que nos dicen que podemos ser más.
Pero quizá hoy la decisión más madura sea otra:
No intentar ser más.
Sino ser.
Sin compararte con una versión idealizada.
Sin competir contigo mismo.
Sin convertir tu vida en un experimento permanente.
La paz no siempre está en crecer.
A veces está en dejar de perseguirte.

