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«La salud no lo es todo, pero sin ella, todo lo demás es nada.» – Arthur Schopenhauer
Vivimos en una sociedad que, cada vez más, normaliza el sobrepeso y la obesidad. A menudo lo vemos como algo inevitable o incluso como una cuestión de genes, pero no podemos ignorar la realidad: el problema está creciendo de manera alarmante. Más allá de culparnos a nivel individual, es hora de mirar el entorno en el que vivimos. Nuestra salud no es solo el resultado de nuestras elecciones, sino también del sistema que nos rodea. Es tiempo de tomar conciencia, de cambiar nuestra perspectiva y, sobre todo, de actuar.
La obesidad: un problema colectivo disfrazado de elección personal
Durante décadas, nos han hecho creer que el sobrepeso es una cuestión de fuerza de voluntad. «Come menos, muévete más» ha sido el mantra repetido hasta el cansancio. Pero esta narrativa individualista no aborda el problema de fondo: vivimos en un entorno que constantemente sabotea nuestras decisiones saludables.
Al caminar por la calle, ¿qué vemos? Establecimientos de comida rápida en cada esquina, promociones de snacks ultraprocesados y bebidas azucaradas en cada supermercado. La publicidad nos bombardea con imágenes de alimentos poco saludables que se presentan como irresistibles, casi indispensables para nuestro bienestar emocional.
Y no se trata solo de la comida. La vida moderna nos ha empujado hacia la inactividad. Pasamos horas sentados en el trabajo, frente a pantallas o desplazándonos en vehículos. Este estilo de vida no es una elección; es la consecuencia de un sistema que prioriza la conveniencia por encima de la salud.
Cambiar el entorno para cambiar nuestra realidad
Si el problema es colectivo, también lo debe ser la solución. No podemos pretender que millones de personas transformen sus hábitos si seguimos rodeados de un entorno que promueve lo contrario. Necesitamos actuar en diferentes niveles:
- Acceso a alimentos reales: Es fundamental facilitar el acceso a alimentos frescos y nutritivos. Los mercados locales, la agricultura ecológica y las iniciativas comunitarias de cultivo urbano pueden marcar una gran diferencia. Además, sería ideal que los gobiernos apoyaran a los productores locales, lo que no solo fomentaría una alimentación más saludable, sino también un modelo económico más sostenible.
- Educación alimentaria: Enseñar desde edades tempranas cómo leer etiquetas, cocinar de manera saludable y entender cómo afecta nuestra dieta a nuestra salud es clave para empoderar a las personas. La educación no debe limitarse a las aulas; los medios de comunicación y las redes sociales también pueden jugar un papel crucial.
- Promoción del movimiento: Nuestras ciudades y espacios urbanos deben fomentar la actividad física. Más parques, carriles bici, rutas de senderismo y espacios deportivos accesibles para todos. Incluso pequeños cambios, como instalar estaciones de ejercicio en áreas públicas, pueden motivar a más personas a moverse.
- Políticas públicas: Es necesario implementar leyes que regulen la publicidad de productos ultraprocesados, así como incentivos para las empresas que promuevan opciones saludables. Las políticas fiscales, como gravar bebidas azucaradas, también pueden desalentar su consumo y recaudar fondos para iniciativas de salud pública.
La normalización de lo insano
Uno de los mayores peligros que enfrentamos es la normalización de lo insano. Nos hemos acostumbrado a que sea «normal» que un niño prefiera una bolsa de patatas fritas a una pieza de fruta, o que sea «normal» estar demasiado cansados para moverse tras una jornada laboral.
Esta aceptación pasiva de un entorno que nos perjudica también se refleja en nuestra percepción del cuerpo. Aunque es fundamental aceptar y amar nuestro cuerpo tal como es, también debemos entender que el amor propio incluye cuidar de nuestra salud. Promover el mensaje de que «estar saludable» no es equivalente a perseguir un cuerpo perfecto, pero sí implica trabajar por un bienestar físico, mental y emocional.
Beneficios de transformar nuestro entorno
Un entorno más saludable genera beneficios que van mucho más allá de la pérdida de peso o la prevención de enfermedades. Cuando fomentamos hábitos positivos, el impacto se multiplica:
- Bienestar físico y emocional: Una dieta equilibrada y el movimiento regular mejoran no solo nuestra salud física, sino también nuestro estado de ánimo y niveles de energía. La actividad física estimula la liberación de endorfinas, mientras que una dieta adecuada estabiliza nuestros niveles de azúcar en sangre y mejora nuestra capacidad cognitiva.
- Mayor productividad: Las personas saludables tienden a ser más productivas en su trabajo y en su vida personal. La claridad mental y la energía derivadas de un estilo de vida activo y una buena alimentación se traducen en mejores resultados en cualquier ámbito.
- Relaciones más profundas: Cuando nos sentimos bien con nosotros mismos, tenemos más energía y paciencia para nutrir nuestras relaciones. Además, las actividades físicas compartidas, como salir a caminar o practicar un deporte, pueden fortalecer los lazos con nuestros seres queridos.
- Impacto en futuras generaciones: Nuestros hábitos influyen directamente en los de nuestros hijos y seres queridos. Crear un entorno saludable hoy es construir un futuro mejor para ellos. Los niños que crecen en un entorno donde se prioriza la salud tienen más probabilidades de llevar estos hábitos a lo largo de su vida.
Cómo empezar: acciones individuales con impacto colectivo
Aunque el cambio del entorno requiere esfuerzos a gran escala, hay muchas cosas que podemos hacer a nivel individual para iniciar este movimiento:
- Cuestiona tu entorno: Haz un inventario de tu entorno inmediato. ¿Qué tipo de alimentos tienes en casa? ¿Cuánto tiempo dedicas al movimiento cada día? Reflexiona sobre las pequeñas decisiones que tomas diariamente.
- Rediseña tu espacio: Llena tu cocina de alimentos nutritivos, coloca tus zapatillas de deporte a la vista o programa recordatorios para moverte. Incluso reorganizar tu oficina para incluir un escritorio de pie puede marcar una diferencia.
- Educa y comparte: Comparte con tus amigos, familia y redes sociales las ventajas de un estilo de vida saludable. La información puede ser un poderoso agente de cambio, especialmente cuando se acompaña de ejemplos prácticos y accesibles.
- Prioriza tu salud: Dedica tiempo a aprender sobre nutrición, movimiento y bienestar. La inversión en tu salud es una de las mejores decisiones que puedes tomar. Considera participar en grupos o comunidades locales que promuevan un estilo de vida saludable.
- Involúcrate en tu comunidad: Apoya iniciativas locales, como huertos urbanos o eventos deportivos. Cuanto más nos unamos como comunidad, más impacto tendremos en cambiar nuestro entorno colectivo.
Reflexión final
No se trata de buscar culpables, sino de encontrar soluciones. Vivimos en un entorno que muchas veces nos empuja hacia hábitos poco saludables, pero también somos capaces de crear nuestro propio entorno.
Cada elección que hacemos, cada alimento que ponemos en nuestra mesa, cada paso que damos hacia adelante tiene un impacto. No solo en nuestra vida, sino también en la de quienes nos rodean. Cambiar el entorno no es fácil ni rápido, pero es posible. Y el primer paso siempre empieza por nosotros mismos.
No aceptemos la obesidad como algo inevitable. Cuestionemos lo que nos rodea, tomemos acción y transformemos nuestra realidad. Porque cada cambio cuenta, y juntos podemos construir un mundo donde la salud sea la norma, no la excepción.

