«- Te he sorprendido apostando todo lo que tienes a un sólo número, te he observado detrás de tus actos inesperados, detrás de los sueños, detrás de las palabras, en las caras borrosas, irreconocibles de las personas.
Te he visto hipnotizado observando el mar, el sonido, la lluvia o tal vez el cielo siempre como si fuera la primera vez.
Te he sentido maldiciendo tus esperanzas ahogadas en un vaso de cristal que muestra el reflejo de la incertidumbre.
Hoy te he encontrado sobrevolando los sueños que robaste a la persona que un día habrías sido por volver a sonreír.
Te he abrazado susurrando al viento tus secretos más íntimos, y disfrazado de silencio ante el mundo del que reniegas en todo momento.
Ayer te encontré perdido entre las ruinas y te rescaté de entre los escombros para que hoy volvieras a poner patas arriba tu frágil mundo de ilusiones, para empujarte sobre el barranco que perfila abismos de ignorancia, de instantes de felicidad prolongados en el tiempo por creencias de una vida irreal… una vida imposible.
A veces no sé vivir conmigo, en ciertos momentos en los que esa parte de mí a la que le tanto debo me supera y no sé de qué forma amarrarla en un rincón y conseguir que se calle, cómo justificar que nadie la comprendería, cómo arrancarme la piel y profundizar en el interior para hallar el pulso que existe cuando nada queda, cuando todo muere y a pesar de ello hay una llama en lo más profundo como una exclamación de vida, de absoluta esperanza… inmortal.
Cómo explicar el corazón en la garganta, el escalofrío que provocan las palabras que son sentimientos conectados por versos al aire, las miradas que atraviesan un alma indestructible, cómo describir lo indescriptible del verdadero amor a la vida cuando la paz te envuelve en sus brazos y te empuja hacia adelante.
Hoy te he observado en el espejo y he descubierto que tú y yo éramos uno.
Únicamente las pequeñas cosas son las que me han llevado hasta aquí.»
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