Permitir que se vayan de nosotros quienes ya no nos acompañan físicamente, coserse las heridas y seguir avanzando.
Hablar de ello, y seguir llorando y recordando todo, sentir el dolor, pensarte todos los días.
Dar tiempo a la vida a que se reconstruya, aceptar las verdades, sentirse destructible y perder el miedo a lo que desconocemos, a ese último capítulo de nuestra camino terrenal que se sustenta en nuestra fe o en la ausencia de ella. Hacer repaso de las situaciones que nos hicieron persona, que fabricaron el traje de nuestra experiencia.
Cerrar los puños, apretar los dientes y volver a ponerse la mochila a las espaldas, cruzar tormentas y aguaceros, reavivar el fuego del corazón, respirar de nuevo…
Avanzar para ganarle el pulso al destino, sentirte nuevamente eterno, apagar el piloto automático, tomar el control, viajar a los orígenes para conocer de dónde vienes, y por qué eres lo que eres.
Proseguir construyendo tu castillo.
Y a pesar de todo, extrañar…»

