«- Entiendo que nada es fácil, y no seré yo quien pretenda descubrirlo a estas alturas.
Que la vida es de cristal, que en algunas ocasiones infravaloro a las personas y me dan una lección, y en otras sobrevaloro a las que en realidad no valen nada, que apuesto casi siempre al número equivocado y pierdo ese tiempo dejando pasar, quizá, oportunidades únicas, es probable que esta noche vuelva a cometer el mismo error.
Entiendo que no debo rendirme nunca, que tengo que aceptar las reglas del juego e intentar con todas mis fuerzas volcarlas hacia mi favor en todo momento, que no puedo esperar que las cosas ocurran por si solas con mis brazos cruzados y la indiferencia dibujada en el rostro para acrecentar mi escudo imaginario, porque qué importa que el sol salga cada mañana si no puedes observarlo.
Soy consciente de mis limitaciones pero pretendo destruirlas una a una y me provoca rabia el hecho de quedarme inmóvil ante ciertas situaciones que se producen a mi alrededor.
Creo que debería ser más visceral, aparcar en un rincón perdido de la mente los recuerdos del pasado y sus malas costumbres y dejarme llevar mucho más sin preguntarme el porqué, sin analizar cada detalle, cada sonido, cada palabra, cada gesto que expulso al exterior como si de un golpe de viento se tratara… inesperado, sorpresivo, repentino, inquietante… que provoque un sentimiento en las personas, una chispa que recorra todo su cuerpo.
Así debe ser, así debería ser siempre.
Voy a sentarme todo el día frente a tu casa hasta que el sol caiga y la luna muestre con su luz resplandeciente la sombra de tu cuerpo bordada sobre las paredes de los reflejos del cristal.
Te esperaré por siempre en el andén de la estación abandonada de la ciudad perdida de mis sueños.
Saldré a buscarte entre las calles sucias y las gentes muertas y me mezclaré con ellas para comprobar si soy capaz de reconocerte entre la multitud… a pesar de tus diferentes caras.»
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